Camina sobre la ola del cambio y transforma tu perspectiva

¡Descubre cómo una charla TED puede cambiar tu perspectiva sobre la donación de órganos y la importancia de involucrarnos todos!

En un día cualquiera, hace más de 10 años, mientras esperaba en la sala del consultorio médico, entablé una conversación con otros pacientes sobre nuestros tratamientos. En ese momento, yo estaba lleno de angustia y rabia hacia la vida. De hecho, justo antes de llegar al consultorio, me había peleado con todo el mundo debido al caos del tráfico. Era como si el “justiciero de las calles”, como solían llamarme mis amigos cuando era joven y quería enseñar a todos a manejar, hubiese vuelto con fuerza.

En ese contexto, llevaba más de una hora esperando a que la doctora terminara su charla con otro paciente. Éramos íntimos y estaba claro que él se encontraba en el mismo proceso que yo, en el mismo tratamiento. Sin embargo, él lo había comenzado un poco antes que yo. Decidí sincerarme con él y contarle toda la bronca que sentía por lo injusto de mi situación.

Cuando le compartí mis sentimientos de frustración y pregunté por qué me tenía que pasar esto solo a mí sin decirlo mal ni bien a nadie más, su respuesta fue contundente: “Y por qué no? ¿A vos quién [__] te crees que sos para pensar que esto no te puede pasar?”. Sus palabras me dejaron atónito. Me llamaron desde dentro del consultorio y entré sintiendo una mezcla entre susto y enojo.

Le comenté a la doctora lo ocurrido pero ella no pudo entender cómo alguien podía ser tan violento en sus palabras hacia mí. Cuando salí del consultorio, aquel paciente ya no estaba allí y nunca volví a verlo nuevamente. A veces imagino cómo sería su vida ahora, pero lo que sí sé es que ese encuentro generó un cambio de 180 grados en mí.

¿Quién iba a pensar que una simple charla en la sala de espera, que duró apenas unos segundos, iba a tener un impacto tan grande en mi actitud ante la vida? Permíteme explicarte mejor mi historia. A los 18 meses de edad, contraje una enfermedad llamada síndrome hemolítico urémico. Esta enfermedad afectó gravemente la función de mis riñones hasta el punto en que mis padres me dijeron que tarde o temprano necesitaría un trasplante renal.

Esa situación llegó cuando tenía 24 años y una joven fue compatible conmigo y me donó uno de sus riñones. Realizamos el trasplante en la Fundación Favaloro en 2006. Sin embargo, descubrí que un trasplante no es la solución definitiva. Es solo el comienzo de un tratamiento continuo que requiere cuidados extremos, chequeos constantes y tomar una combinación fuerte de medicamentos.

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A pesar de todas estas medidas, muchas veces el rechazo es inevitable. En mi caso, hubo razones médicas para ello: mi sistema inmunológico reconoció al riñón como un órgano extraño y comenzó a atacarlo. Pero también hubo otra razón no médica: la repentina muerte de mi madre hizo que perdiera momentáneamente el rumbo.

Desde ese momento estoy nuevamente en lista de espera para un segundo trasplante renal y también para reemplazar la función renal perdida mediante hemodiálisis. La hemodiálisis consiste básicamente en un tratamiento en el cual me conectan dos mangueritas en el brazo. La sangre sale por una de ellas, se limpia y filtra en la máquina, y luego vuelve al brazo por la otra manguerita. Es decir, lo que tus riñones hacen las 24 horas del día, a mí me lo hace una máquina tres veces por semana durante cuatro o cinco horas cada sesión.

Con todas estas noticias, la angustia volvió a apoderarse de mí. Veía la diálisis como un tratamiento que acaparaba mi tiempo y hasta mi vida. Pero entonces recordé al paciente de la sala de espera y su comentario: “Si esa máquina no existiera, hoy estarías muerto”. Me hizo darme cuenta de que tenía una segunda oportunidad.

Aunque sigo esperando un trasplante renal y sigo sometiéndome a diálisis tres veces por semana, soy otra persona. Tomé prestada una frase de Bob Marley que dice: “Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción”, y la aplico todos los días con esa misma actitud.

Recuerdo mis años jugando al rugby cuando enfrentaba a chicos más grandes y más fuertes que yo. En esos momentos en los que el grandote agarraba la pelota e iba directo hacia mí, tenía dos opciones: prepararme para el impacto, entrenar mi técnica defensiva y usar mis habilidades para quitarle el balón; o simplemente salir corriendo. Yo elegí detenerlo.

No soy un superhéroe ni pretendo serlo, pero pude parar esa pelota y pensar qué podía hacer con lo que me había tocado vivir. ¿No les pasa que a veces nos quedamos paralizados quejándonos de cosas como el precio del dólar o el aumento de los alimentos, situaciones sobre las cuales no tenemos control? Lo único que podemos controlar es nuestra reacción ante esas circunstancias.

Intento aplicar en mi vida una enseñanza muy simple pero difícil: cuando somos chiquitos y jugamos al rugby, los entrenadores nos dicen “corre derecho, corre para adelante”. Eso es lo que trato de hacer. Acepté mi situación y dejé de estar enojado con el mundo y con la gente. Aunque a veces me agarra algún enojo, me resulta interesante pensar cómo un simple comentario en una sala de espera generó un cambio tan profundo en mí.

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Si hubiera mantenido esa actitud enfadada y angustiada que tenía aquel día, no solo no estaría aquí hoy contándote mi historia, sino que tampoco podría generar un cambio positivo en mí ni en nadie más. Todos los días subo al micro para ir a diálisis, voy al club donde entreno rugby y voy a trabajar. Sé que mis compañeros confían en mí porque saben que no voy a rendirme fácilmente y estoy comprometido con ellos.

Pienso en Matilda, por ejemplo. Es una mujer bajita de setenta y pico años que también está en mi compañía de diálisis. Solía estar enfadada con todo el mundo, pero logré mostrarle que la máquina de diálisis no es solo una máquina molesta; es la máquina que nos da vida. Las enfermeras tampoco son solo enfermeras; son las personas que nos salvan la vida cada dos días.

Creo firmemente que estas pequeñas circunstancias pueden generar un cambio en nuestro círculo cercano, pero también a nivel de la sociedad. Podemos convertirnos en una marea de cambios positivos. Pensemos en el caso de Justina Lo Cane, muchos lo habrán escuchado. Ella era una niña que estaba en lista de espera para un trasplante de corazón.

A pesar de la difícil batalla que tenía por delante, decidió no desanimarse y enfocarse en ayudar a todas las personas que estaban en su misma situación. Le dijo a sus padres: “Ayudemos a todos los que podamos”. Sus padres comenzaron una campaña para concientizar sobre la importancia de ser donantes voluntarios y lograron romper récords.

Gracias a esa marea generada por Justina, se modificó la ley de trasplantes en Argentina y hoy todos los mayores de 18 años somos donantes si no expresamos lo contrario. Este es solo un ejemplo del poder transformador que puede tener cambiar nuestra actitud ante las adversidades.

En este momento, mientras preparo esta charla, somos 10.582 personas en lista de espera para recibir un órgano trasplantado en nuestro país. Para darte una idea visual, esto equivale al triple del tamaño del Teatro Gran Rex (uno de los teatros más grandes y emblemáticos de Buenos Aires).

En agosto del 2018, justo después de la sanción de la Ley Justina, se alcanzó un récord histórico con 214 trasplantes realizados gracias a 88 donantes. Si nos dejamos llevar por el enfado y el resentimiento hacia nuestras circunstancias, nos perdemos la parte más importante: nosotros mismos. Nos ponemos trabas y generamos tensiones innecesarias entre nosotros, sin entender que el otro no es nuestro enemigo.

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Si logramos desenfocarnos del enojo, podemos mirar la situación desde otra perspectiva. Ser donante de órganos implica ponerse en el lugar del otro, comprender que no todos tienen la misma suerte que nosotros. Pero volviendo a la pelota, pienso en aquel paciente de la sala de espera y estoy convencido de que lo neurálgico es el cambio de actitud.

Te invito a generar ese cambio en tu vida, a ser esa primera gota que forma una marea. Estoy seguro de que cuando nos unamos y empujemos todos hacia el mismo lado, nos daremos cuenta de que no tiene sentido enfadarse con lo que la vida nos presenta por delante. ¿Quién [__] se creen que somos para quedarnos estancados?

En lugar de eso, preguntémonos qué podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida y también la calidad de vida de quienes están esperando un trasplante como yo. Si dejamos atrás el enfado, podremos contagiar una perspectiva más positiva a nuestro entorno y generar cambios significativos tanto a nivel personal como social.

Recuerda siempre: si no puedes cambiar las circunstancias, cambia tu perspectiva. Y los cambios positivos siempre se contagian.

En resumen:

Mi historia comenzó hace más de 10 años en una sala de espera donde conocí a un paciente que me hizo reflexionar sobre mi actitud ante la vida. A pesar de enfrentar problemas renales desde muy joven y estar en lista de espera para un segundo trasplante renal mientras me someto a diálisis, decidí cambiar mi perspectiva y aceptar mi situación.

Aprendí que el enfado y la angustia solo nos paralizan y generan tensiones innecesarias. En lugar de eso, debemos enfocarnos en generar cambios positivos en nuestro entorno y en la sociedad. Si todos nos unimos con una actitud de superación, podremos enfrentar cualquier adversidad.

La historia de Justina Lo Cane es un claro ejemplo de cómo una persona puede generar un impacto significativo al cambiar su perspectiva frente a las dificultades. Gracias a su lucha, se logró modificar la ley de trasplantes en Argentina.

En este momento, miles de personas están esperando un órgano para tener una segunda oportunidad. Si logramos desenfocarnos del enfado y ponernos en el lugar del otro, podremos mejorar la calidad de vida tanto nuestra como la de quienes están esperando un trasplante.

Recuerda siempre: si no puedes cambiar las circunstancias, cambia tu perspectiva. Los cambios positivos siempre se contagian y juntos podemos formar una marea transformadora.

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