Descubre cómo enfrentar tus miedos y transformarlos en algo positivo

Hola, amigo! Hoy vengo a contarte sobre una charla TED que te va a encantar! Explora el océano y enfrenta tus miedos con Sofía, una apneísta récord mundial. Descubre cómo convertir el miedo en motivación. Sigue leyendo y ¡te lo cuento todo!

Hoy quiero llevarte en un viaje a 97 metros de profundidad. Quiero que entiendas qué pasa por mi mente cuando me sumerjo a tanta profundidad y tal vez puedas responder esa pregunta que tanto me hacen: “Sofía, ¿qué te pasa por la mente cuando dejas de respirar y te sumerges en lo más profundo del océano?”

Antes de comenzar este viaje, quiero que cierres los ojos y pongas tus manos en tu corazón. Imagina una oscuridad invadiendo tu cuerpo y tu mente. Ahora, imagina una luz al frente de tus ojos. Esa luz puede ser del color que prefieras, ese color que te transmite paz y tranquilidad. Deja que esa luz fluya por todo tu cuerpo, desde tu cabeza hasta tu corazón, tus pulmones, brazos, manos y dedos. Respira profundo… Y suelta lentamente.

Respiración: la clave para dejar de respirar

Para poder dejar de respirar, primero debemos aprender a hacerlo muy bien. En el mundo del buceo libre o apnea, aprender a respirar adecuadamente es fundamental. Aprendemos a controlar nuestra respiración tan bien que podemos meter muchísimo más aire del que una persona normal puede hacer.

Cuando nos preparamos para una inmersión en las profundidades del océano, nuestro cuerpo y nuestra mente entran en un estado de concentración absoluta. La última inhalación profunda antes de sumergirnos es crucial; llena nuestros pulmones al máximo con toda la energía necesaria para descender hasta el fondo del mar y luego volver a la superficie.

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La mente en la inmersión

Mientras me sumerjo, mi mente se transporta a un universo diferente. No solo estoy debajo del agua, sino que también estoy en un lugar de paz y tranquilidad, rodeada de sensaciones nuevas. En mi mente repito un mantra: “Paz, amor, tranquilidad, azul”. Este mantra me ayuda a concentrarme en lo que estoy haciendo y a eliminar los pensamientos negativos que siempre están presentes.

A medida que voy descendiendo por las profundidades del océano, mi cabeza cuenta las patadas necesarias para alcanzar ciertas profundidades. Ya tengo estructurada la inmersión en mi mente; sé cuántas patadas tengo que dar para llegar a 10 metros, luego a 20 metros y así sucesivamente.

Después de unos 30 metros de descenso, llega la primera alarma. Esta alarma me avisa que debo tomar aire en mis cachetes o boca para poder compensar la presión en mis oídos. Cada vez que desciendo un metro más, la presión se vuelve más intensa y es crucial mantener el equilibrio.

En lo más profundo

Cuando llego a los 50 metros de profundidad aproximadamente, los pensamientos negativos comienzan a disminuir su fuerza. Mi pensamiento principal es: “Ya superaste los 50 metros… estás muy profunda… ¿te vas a devolver? ¡No! Sigue bajando hasta el final”. La luz se hace cada vez más tenue y es momento de mirar hacia adentro; es tiempo de reflexionar y meditar.

En este punto, mi cuerpo experimenta una serie de adaptaciones fisiológicas que permiten bucear a tanta profundidad sin sufrir daños. Mi ritmo cardíaco disminuye considerablemente, lo que reduce el consumo de oxígeno y me permite aguantar la respiración por más tiempo. Además, la sangre se adapta para fluir libremente por los tejidos y órganos, evitando colapsos en los pulmones.

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El ascenso

Cuando finalmente llego al fondo del mar a 97 metros de profundidad, agarro mi testigo y me impulso hacia arriba. Comienza el ascenso y mi mente se activa al máximo; ya no puedo dejarme llevar por el agua. Ahora sé que tengo que nadar con fuerza y determinación para alcanzar nuevamente la superficie.

Mis pensamientos negativos se vuelven un poco más persistentes: “Esto es muy profundo… te vas a quedar sin aire… no lo vas a lograr”. Pero cada vez que doy una patada, repito en mi mente: “Paz, amor, tranquilidad, azul”. Sigo subiendo mientras la luz se hace cada vez más fuerte y cálida.

Faltan solo 10 metros para llegar a la superficie. Me encuentro con mis compañeros de seguridad; ellos me acompañarán en esos últimos metros críticos. Después de más de dos minutos sin respirar y someter mi cuerpo a una presión diez veces mayor que en la superficie, llega el momento crucial: volver a expandir mis pulmones.

La vida es como una inmersión en el océano. En ocasiones, puede volverse oscura y podemos tener pensamientos que nos hagan creer que no somos capaces, que debemos rendirnos o que somos unos fracasados. Pero está en cada uno de nosotros tocar fondo y encontrar las fuerzas para volver a la luz y respirar.

El buceo libre o apnea es más que un deporte; es una manera de conocernos a nosotros mismos. Nos enseña a superar nuestros límites físicos y mentales, a enfrentar nuestros miedos y a encontrar la paz en lo más profundo del océano.

Así como aprendí a controlar mi respiración bajo el agua, también puedo aplicarlo en mi vida cotidiana. Puedo recordarme constantemente el mantra “Paz, amor, tranquilidad, azul” para mantenerme enfocada en mis metas y alejar los pensamientos negativos.

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No importa cuán oscuro parezca el camino, siempre hay una luz al final del túnel. Solo tenemos que seguir nadando con determinación y confiar en nuestra capacidad para llegar a la superficie de nuevo.

Muchas gracias por acompañarme en este viaje tan especial.

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