Descubre el patrimonio olfativo: investigando la historia a través de los aromas

Descubre cómo Cecilia Bembibre preserva los olores del pasado y sumérgete en un mundo fascinante de arte, ciencia y cultura.

En la casa de mi abuela en Buenos Aires había una habitación misteriosa que siempre estaba cerrada. Un día, cuando tenía unos ocho años, decidí abrir esa puerta y descubrí algo maravilloso: una biblioteca que ocupaba todas las paredes. Los estantes estaban desordenados y llenos de versiones para niños de clásicos como “Las mil y una noches”, “La Odisea” y “Las aventuras de Tom Sawyer”. Estos libros ya nadie los leía, pero poco a poco fui abriéndolos. Entre sus páginas encontré flores secas, cromos y migas de galletita. Los márgenes estaban manchados por dedos llenos de mermelada. Pero sobre todo, estos libros tenían un olor especial: olían a hierbas, a chocolate y al fondo de un armario.

Quizás ustedes también tengan un recuerdo asociado al olor de los libros. Es uno de esos olores que nos conmueven profundamente. En un mundo que nos insta a ver primero y hablar después, el sentido del olfato ha sido poco valorado desde la modernidad. Tal vez esto se deba a que los olores invaden nuestra privacidad y atentan contra nuestra forma de vida tan controlada emocionalmente.

El impacto del olfato en nuestras vidas

A pesar de ser subestimado, los olores tienen un impacto enorme en la forma en que pensamos, sentimos y nos comportamos en nuestro día a día. Por ejemplo, ¿sabían ustedes que cuando entramos a una tienda u otro establecimiento y percibimos un olor en el ambiente, este influye en nuestra decisión de compra e incluso en si decidimos volver o no a ese lugar? Y no solo los olores agradables tienen este efecto. Hace unos años, una empresa inglesa aseguró que rociando las cuentas por cobrar con sudor masculino lograban que se pagaran más rápidamente.

Volviendo al tema de los libros, su olor, junto con muchos otros olores, forma parte de nuestro patrimonio cultural. Los olores nos hablan sobre la forma en que vivimos y las cosas que valoramos. Por ejemplo, en 2001 el gobierno japonés invitó a sus ciudadanos a votar por sus olores favoritos para preservar los lugares donde existían y legarlos al futuro. El resultado fue una lista de 100 lugares que incluía bosques, destilerías de sake y templos que olían a incienso.

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Los franceses también entienden la relevancia de los olores para el patrimonio cultural. Han postulado a la región de Grasse, conocida como la capital mundial del perfume, como candidata a patrimonio intangible de la humanidad para proteger las tradiciones asociadas con el cultivo de flores y la creación de perfumes.

Lamentablemente, estos son ejemplos aislados. Aunque muchos países tienen estrategias para proteger sus edificios históricos y obras de arte, no existe ningún proyecto sistemático para proteger los olores con valor cultural. Tampoco existe un lugar donde podamos acceder fácilmente a estos olores. No hay un archivo dedicado exclusivamente a ellos. Lo más parecido que tenemos son quizás las botellas de Versalles, donde un grupo de perfumistas conserva más de 4.000 perfumes. Les recomiendo que lo visiten, aunque sea para oler un perfume que tiene más de 3000 años: el perfume de los reyes partos, que se esparcía antes de los banquetes para abrir el apetito.

El problema con los olores

Pero aquí llegamos al problema: los olores son por naturaleza efímeros. Si no los registramos, desaparecen. Por eso nos llegan del pasado objetos pero no olores. Podríamos decir que el pasado no huele hoy en día.

La tecnología actual nos permite acceder a las colecciones de museos sin tener que visitarlos físicamente. Pero ¿qué cualidades de esos objetos y espacios quedan en el camino? ¿Qué pasa con los sonidos, las texturas, las atmósferas y sobre todo, los olores?

Yo trabajo en casas históricas y museos, y una habitación en particular me ha intrigado mucho: la habitación del popurrí en Nole House, Inglaterra. Es difícil imaginar cómo huele esa habitación solo con palabras. Pero puedo decirles que huele a canela, a rosas y a hierbas. Es un perfume diseñado especialmente para ese espacio desde 1750.

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El popurrí estaba muy de moda en el siglo XVIII como lo están ahora las velas aromáticas encendidas en casa hoy día. Este olor sutil nos habla sobre una forma específica de vida y una manera particular de entender la relación entre el exterior y el interior. La idea era atraer el jardín hacia adentro. También nos habla de una tradición de perfumería doméstica que se está perdiendo.

Decíamos antes que el pasado no huele, pero cuando un olor se pierde, lo que perdemos es mucho más que un simple olor. Estamos en peligro también de perder una parte importante de nuestro presente y del patrimonio del futuro. A medida que las fuentes de estos olores desaparecen, como los libros publicados solo en versión digital, ¿qué podemos hacer para evitarlo? ¿Cómo podemos proteger estos olores y legarlos a futuras generaciones?

La importancia del trabajo comunitario

Estas preguntas son el motor de mi trabajo. Me han llevado a ocuparme de olores tan diferentes como el olor de los libros viejos y el olor del popurrí. Y cuando digo “ocuparme” me refiero a investigarlos desde dos puntos de vista: su composición química y su percepción sensorial.

Por un lado, analizo la composición química para entender cuál es la fórmula exacta y poder documentarla con vistas a futuras reproducciones. Para eso tomo muestras del aire alrededor de los libros y las analizo en el laboratorio utilizando técnicas como la cromatografía gaseosa acoplada a espectrometría de masas.

Pero un olor no existe hasta que no hay una nariz para olerlo y un cerebro para procesar las señales sensoriales. Por eso también realizo investigaciones sensoriales, que tienen que ver con la percepción humana de ese olor. ¿Qué palabras usamos para hablar de ese olor? ¿Cómo lo valoramos? ¿Lo consideramos agradable o desagradable?

Utilizo varias técnicas, como la hissisni fin, que consiste en poner la nariz en un puerto de olor, cerrar los ojos y concentrarse únicamente en el sentido del olfato. Uno a uno van saliendo los olores muy rápidos, muchos por minuto, y uno tiene unos segundos para describirlos. Es un ejercicio muy interesante porque desafía nuestro instinto natural de hablar sobre los olores basándonos en nuestra experiencia personal.

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Como científica, me interesa recolectar palabras que todo el mundo pueda entender, incluso aquellos que nunca visitaron una casa como Nole House. Aunque son muchas las experiencias individuales con respecto a los olores, documentar todas estas palabras parece casi una ciencia exacta.

Pero aquí está el truco: las experiencias con el instrumento varían mucho. Por ejemplo, a mí me tocó percibir rosas y canela durante días y días. Pero recientemente un compañero tuvo que oler más de 40 muestras relacionadas con productos de limpieza para una empresa especializada. Cada persona tiene su propia experiencia al percibir un olor.

A pesar de esto, recoger este tipo de descripciones es parte del trabajo dentro del marco que hemos presentado para identificar, analizar y documentar los olores con valor histórico. El próximo paso es crear un archivo accesible a todos donde se puedan guardar estos aromas como parte del patrimonio cultural. Sin embargo, esto no es un trabajo que pueda hacer una sola persona en un laboratorio. Cuando hablamos de patrimonio, siempre hablamos de comunidad.

Por eso, si ustedes tuvieran que elegir tres o cuatro olores para hablar de su vida, ¿cuáles serían? ¿Qué olores los llevan a la infancia o les hacen recordar a sus seres queridos? ¿Qué olores les gustaría dejar como legado para sus hijos y los hijos de sus hijos? Y finalmente, ¿qué olores les gustaría rescatar del olvido y guardar para siempre?

Mi deseo para el futuro

Si me preguntan a mí, me encantaría compartir con el niño del futuro -un niño quizás habituado al olor a plástico tibio de los ordenadores- la emoción que sentí cuando tenía 8 años y me paré frente a esa biblioteca llena de libros que olían a chocolate.

En conclusión, los olores tienen una importancia significativa en nuestra vida diaria y forman parte de nuestro patrimonio cultural. Aunque sean efímeros por naturaleza, podemos trabajar juntos para protegerlos y legarlos al futuro. Es necesario valorar el sentido del olfato tanto como otros sentidos más reconocidos en nuestra sociedad actual. Así podremos apreciar plenamente las emociones y experiencias únicas que nos brindan los diferentes aromas.

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