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Hace unos meses, salí de una relación un poco tóxica para mí y decidí no volverlo a ver, dejarlo a un lado y olvidarme de él por completo. ¿Quién era ese “él”? Mi celular inteligente, mi iPhone. Sí, soy millennial e incluso tengo un iPhone. Sé que suena raro, pero déjenme explicarles cómo llegué a esta decisión.

La descompostura

Todo comenzó hace un par de meses cuando mi iPhone se descompuso por cuarta vez. Decidí que no quería arreglarlo nuevamente porque sabía que al mes se iba a romper otra vez. No quería comprar uno nuevo porque soy bastante ahorrativa y me gusta aprovechar las cosas al máximo. Así que empecé a buscar uno usado, pero ninguno me convenció. Fue entonces cuando pensé: “Vamos a quedarnos sin celular y ver qué pasa”. Y así fue como llegué a la conclusión de que no quiero usar celular, soy más feliz sin él.

Los cambios

Desde esa decisión, han ocurrido muchos cambios en mí, todos ellos buenos. Algunos han sido pequeños mientras que otros han sido más significativos.

Por ejemplo, antes solía acostarme tarde sin importar mucho la hora. Pero solo por tener el celular cerca de mí, me quedaba horas con la luz del dispositivo reflejándose en mi cara sin hacer prácticamente nada productivo. Al día siguiente me despertaba cansada, de mal humor y con ojeras feas. Desde que dejé el celular de lado eso ya no me pasa tan seguido (bueno, a veces sí, porque soy un poco floja, pero sé que no es una excusa).

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También he vuelto a hacer cosas que dejé de hacer cuando tenía el celular como mi único entretenimiento. Por ejemplo, volví a tomar fotos. No soy muy buena en ello, pero es algo que me gusta y me apasiona. Lo había dejado de hacer porque creía que el celular era mi única opción para entretenerme. Pero ahora he redescubierto la sensación de tener una cámara en mis manos, esperar el momento perfecto, enfocar y tomar mil fotos para luego elegir la mejor. Es todo un trabajo diferente al usar un celular con filtros o efectos.

Las redes sociales

Otro cambio significativo ha sido mi relación con las redes sociales. Antes, tener acceso rápido y fácil a ellas gracias al celular significaba estar constantemente expuesta a juicios y presiones sobre cómo debía ser o cómo debía lucir. Las redes sociales nos juzgan constantemente: cuántos likes tienes, con quién te llevas bien o mal… Es agotador.

Pero lo que más me asustó fue darme cuenta de lo fácil que es localizar a alguien mediante su celular. Basta con unos pocos toques en un mapa para saber dónde se encuentra una persona en cuestión de segundos. Esto no está bien ni es seguro.

La observación

Sin embargo, desde que dejé de usar el celular me he vuelto mucho más observadora (y no estoy bromeando). Puedo quedarme frente a un árbol durante minutos admirando su belleza y detallándolo minuciosamente. Me fijo en cada pequeña cosa que antes pasaba desapercibida.

Pero también he notado algo preocupante: la cantidad de personas que usan su celular constantemente. Estoy segura de que muchos de ustedes, incluso los que están aquí en este momento, sacaron su celular durante el receso. Nos hemos acostumbrado a estar siempre pegados a él y eso no está bien. Es molesto estar con alguien y ver cómo esa persona te ignora porque está absorta en su dispositivo.

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Recuerdo un accidente automovilístico que tuve hace unos años con mi mamá. En lugar de tener la mirada al frente, la persona responsable del accidente decidió dejar pasar todo lo que estaba a su alrededor para voltear a ver su celular. Esa distracción fue lo que nos atropelló y ese momento nunca lo olvidaré.

No quiero cambiarlos

Mi intención con esta charla no es convencerlos de abandonar sus celulares como yo lo hice, porque sé que eso no es realista ni necesario en todos los casos. En algún momento, volveré a tener un celular normal porque es lo que la sociedad actual demanda.

Sin embargo, lo que sí quiero es invitarlos a ser conscientes del consumo excesivo de celulares y redes sociales. Quiero recordarles la importancia de vivir el presente y disfrutar del momento sin distracciones innecesarias. Papás, no contesten sus correos electrónicos mientras sus hijos les piden atención; crecen muy rápido y se arrepentirán luego. Jóvenes, guarden sus celulares cuando estén con sus padres, abuelos, tíos o amigos. No permitan que el mundo que les rodea siga sucediendo mientras se pierden en una pantalla.

Aunque pueda sonar radical, mi experiencia de dejar de usar el celular me ha hecho más feliz y consciente de lo que realmente importa en la vida. He redescubierto pasiones olvidadas y he aprendido a valorar los momentos sin distracciones tecnológicas. No quiero que ustedes se vuelvan dependientes del celular ni adictos a las redes sociales. Quiero que sean conscientes de su consumo y vuelvan a conectarse con las personas y experiencias reales.

Aprendamos a vivir el momento, apreciar los detalles y desconectarnos cuando sea necesario. ¡Volvamos a ser dueños de nuestras vidas!

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