Dignidad e inclusión: rompiendo etiquetas y abrazando la diversidad

Esta charla te inspirará y conmoverá al hablarnos sobre inclusión, amor y diversidad desde la perspectiva de una madre con un hijo con Síndrome de Down. Prepárate para descubrir cómo podemos tratar a todos como seres humanos igualmente valiosos.

Hace exactamente cinco años estaba a punto de convertirme en madre por primera vez. Rafael, el pequeñito que llevaba en mi vientre, era un niño muy deseado. Por mucho tiempo había querido ser mamá y estaba súper ansiosa por conocerlo.

En el cuarto mes de embarazo, el médico me dio una noticia que cambió todo: mi hijo iba a nacer con síndrome de Down. Me lo dijo con tristeza, como si fuera una tragedia. Para muchas personas, recibir un diagnóstico de discapacidad es algo doloroso y pesado.

A mí me dolía saber que hablaban de mi hijo solamente por sus malformaciones y defectos. Para mí, él era perfecto y nadie me habló de su dignidad o del hecho de que todas las personas la tenemos simplemente por estar vivas.

El peso del estigma

Cuando la gente se enteraba de la condición de mi hijo durante mi embarazo, sentía lástima hacia mí. Les dolía que estuviera pasando por una experiencia tan dolorosa. Estaba sumida en un espiral negativo donde cada momento parecía peor que el anterior.

Pero yo no estaba dispuesta a dejarme caer. Quería que mi hijo fuera visto no como un pobre discapacitado, sino como la persona especial que era para mí. No quería lástima ni privilegios; solo quería ser su mamá.

Leer también:  Descubre la evolución de ser mujer y empodérate

Más allá del síndrome

Cuando las personas ven únicamente el síndrome de Down en alguien, corren el riesgo de olvidarse de que esa persona es un ser humano como cualquier otro. Mi hijo era perfecto tal y como era, y me dolía mucho que lo llamaran “Down” en lugar de su nombre, Rafael.

Yo no quería etiquetas para él ni para nadie. Debemos recordar siempre que somos personas primero. Antes de conocer la condición de mi hijo, tenía sueños y expectativas para su vida. Y me di cuenta de que esas expectativas no debían cambiar por su condición.

Quería que Rafael tuviera la posibilidad de aprender y estudiar en espacios inclusivos, junto a personas con o sin discapacidad. No acepto ni aceptaré jamás que él sea excluido o segregado en espacios separados.

No dejar a nadie atrás

No quiero que mi hijo crezca sintiéndose olvidado mientras el resto del mundo avanza rápidamente dejando atrás a aquellos que son diferentes. No quiero eso para Rafael.

Tampoco quiero que cuando crezca y se convierta en hombre, no tenga las mismas oportunidades laborales que nosotros tenemos y tenga que conformarse con lo poco que la sociedad le ofrezca.

Quiero criar a un ser humano capaz de enfrentar la vida tomando el control sobre su propio destino. No permitiré nunca más que le roben su voz.

La discapacidad está en los prejuicios

Cuando descubrí esta idea empoderada como madre, poco a poco me fui convirtiendo en una mujer fuerte y decidida. Un día llegué con mi pequeño Rafael en brazos a un escritorio donde detrás había una doctora especialista en discapacidad.

Leer también:  Descubre cómo la diversidad impulsa el progreso

Estaba feliz de encontrar a alguien que me ayudara a sacar adelante a mi hijo. Pero lo único que esa doctora vio fue su discapacidad. Después de escucharla hablar durante tres minutos, su conclusión fue rotunda: “Señora, usted no acepta la condición de su hijo”.

Fue una experiencia amarga y dolorosa. No estaba dispuesta a entender que el mundo de mi hijo era diferente debido a su discapacidad. Para mí, la discapacidad no era algo con lo que él venía al mundo, sino algo que le hacíamos las personas cuando le negábamos accesos, derechos y oportunidades.

La discapacidad surge cuando lo excluimos y lo invisibilizamos por ser diferente. Y yo no estaba dispuesta a aceptarlo.

Mirando más allá de las máscaras

Pasó el tiempo y reconocí que sí había cierta verdad en las palabras de aquella doctora, pero solo partían de un prejuicio inicial. Yo no acepto ni nunca aceptaré la discapacidad que le hacemos a mi hijo o cualquier otra persona.

No estoy dispuesta a permitir que nadie nos robe nuestra dignidad. Quiero vivir en un mundo donde podamos mirarnos unos a otros sin prejuicios ni etiquetas; donde reconozcamos los mismos derechos para todos.

El desafío de la educación inclusiva

Cuando mi hijo tenía dos años y algunos meses, queríamos llevarlo al colegio como cualquier otro niño. Hicimos una lista de colegios para visitar y elegimos el primero.

Íbamos felices a platicar con la directora, pero cuando le dije que mi hijo tenía discapacidad, me cerró la puerta en la nariz. No sabían cómo ayudar a un niño como él y tenían prisa por sacarme del colegio.

Fue duro darme cuenta de que lo único que veían era la máscara de mi hijo y no al ser humano que tiene derecho a recibir educación como todos los demás. No acepto ni aceptaré jamás espacios segregados o excluyentes para Rafael o cualquier otra persona.

Leer también:  El poder del amor para enfrentar el Bullying y Ciberbullying

La dignidad nos iguala

Cuando era pequeña, mi papá me dijo algo muy importante que marcó mi vida: “Acuérdate siempre de ver a las personas a los ojos sin sentirte más ni menos que nadie. Tú tienes dignidad”.

Espero lo mismo para Rafael. Espero que sea visto como igual, como cualquier otro ser humano con derechos y oportunidades. Quiero que lo vean sin prejuicios ni etiquetas; quiero que se conecten con su corazón y reconozcan lo que nos hace humanos a todos nosotros.

Rafael cumple cinco años mañana, espero que puedan verlo más allá de sus características físicas o dificultades aprendiendo algo nuevo. Espero que puedan verlo simplemente como un ser humano más entre nosotros.

No quiero etiquetas para Rafael ni para nadie. Recordemos siempre mirarnos unos a otros desde nuestra dignidad humana y reconocer en cada uno los mismos derechos inalienables.

Gracias.

A través de esta charla, Martha Luján nos ha mostrado la importancia de ver más allá de las etiquetas y prejuicios. Su experiencia como madre de un niño con síndrome de Down nos enseña que la discapacidad no está en la condición física o intelectual, sino en las barreras que nosotros mismos creamos al excluir y discriminar a aquellos que son diferentes.

Nos invita a mirar a todas las personas desde su dignidad humana y reconocer en cada uno los mismos derechos y oportunidades. Nos desafía a construir una sociedad inclusiva donde todos podamos vivir sin miedo ni discriminación, donde nadie sea dejado atrás.

Recordemos siempre que somos seres humanos primero y que todos merecemos ser vistos como tal. Aprendamos del ejemplo de Martha y luchemos por un mundo más justo e inclusivo para todos.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.