La importancia de valorar a la persona: repensando el género

Prepárate para descubrir los secretos de nuestros gustos y las tendencias futuras!

Hace unos meses, asistí a una fiesta en la casa de un chico de la escuela. La música era buena, el ambiente agradable y había mucha gente que conocía. Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención desde el principio: una persona en particular. Su nombre era Juan y me atrajo su buena onda y facilidad para entablar conversaciones interesantes.

Lo curioso es que nunca antes me había pasado esto de relacionarme con alguien en una fiesta. Por lo general, solo voy con la intención de pasarla bien y disfrutar sin pensar demasiado en con quién me relacionaré. Pero esa noche fue diferente.

Al regresar a casa, me di cuenta de que tenía varias preguntas rondando mi cabeza. ¿Cuáles son los criterios que tenemos en cuenta al momento de determinar si nos gusta alguien o no? ¿Su físico? ¿Su género? ¿Su personalidad?

No tenía respuestas claras para estas interrogantes y eso me desconcertaba un poco. Me di cuenta de que estaba cuestionando cosas bastante similares a las dudas existenciales sobre por qué nos gustan ciertos alimentos o actividades.

En medio de todas estas reflexiones, empecé a pensar en dos cosas fundamentales: primero, por qué sentimos la necesidad de encasillar a las personas según su apariencia física, género o personalidad; segundo, cómo llegamos a sentir atracción hacia alguien basándonos en estas cualidades.

La importancia del filtro personal

Aunque no tengo una respuesta definitiva para estas preguntas, creo que funcionamos con una especie de filtros internos que van marcando lo bueno y lo malo de una persona según nuestro propio criterio. Después de mucho tiempo, llegué a la conclusión de que mi único criterio para determinar si me gusta alguien es si siento afinidad con esa persona y si me siento cómodo a su lado. No importa quién sea o qué le guste, si hay reciprocidad en el interés, no hay nada más por qué preocuparse.

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En este sentido, veo la orientación sexual no como una preferencia de género específica, sino como un conjunto de filtros personales con los que cada individuo elige relacionarse. Para mí, no existe tal cosa como ser gay, heterosexual, pansexual o bisexual porque no entiendo el concepto mismo del género ni cómo se define la sexualidad convencionalmente.

Sin embargo, reconozco que aún nos resulta difícil determinar nuestros propios gustos debido a la idea preconcebida del amor y las relaciones monogámicas impuestas por nuestra sociedad. Desde temprana edad se nos inculca consciente e inconscientemente que debemos establecer una relación romántica con una pareja del sexo opuesto y tener dos hijos: un hijo mayor y una hija menor.

Afortunadamente, estos filtros han ido cambiando a lo largo de la historia gracias a replanteamientos profundos que han flexibilizado nuestras concepciones sobre el amor y las relaciones humanas. Hoy en día vivimos en un momento muy particular donde cada vez más personas cuestionan estos patrones impuestos y luchan por su libre derecho a expresar su sexualidad sin restricciones.

La importancia del cambio

Lo veo todos los días en las calles, en las marchas y en la escuela. Cada vez somos más los que pensamos de esta manera y eso es algo maravilloso. Es una continuación de una lucha por la igualdad y la equidad de derechos para todas las personas, sin importar quiénes sean o a quiénes amen.

Personalmente, me alegra pensar que el filtro del género podría dejar de existir algún día en la cabeza de muchas más personas. Si logramos despojarnos de estos prejuicios y estereotipos, podríamos avanzar hacia una sociedad más inclusiva y libre de discriminación.

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Vivimos en un momento crucial donde se replantean los filtros que determinan nuestras preferencias sexuales. La idea del amor monogámico con una pareja del sexo opuesto ya no es el único modelo aceptado socialmente. Cada vez más personas cuestionan estas normas impuestas y luchan por su derecho a amar libremente.

Si logramos eliminar el filtro del género en nuestra forma de relacionarnos, podríamos abrirnos a nuevas posibilidades y vivir relaciones auténticas basadas en afinidades genuinas. Esto nos llevaría a superar problemas actuales como la discriminación, la desigualdad y la inequidad de derechos.

Ahora depende de cada uno de nosotros romper con los moldes establecidos y construir un futuro donde todos podamos amar sin restricciones ni prejuicios.

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