La influencia de los personajes en nuestras vidas: descubre cómo el cine moldea nuestra percepción

¿Sabías que en pleno siglo XXI todavía existe una gran brecha en la representación de las mujeres en el cine y la cultura? Pero no te preocupes, porque he encontrado una increíble charla TED que aborda este tema de manera apasionante.

Lucía Anaya, una feminista y amante de la cultura audiovisual, nos guía a través de su experiencia personal y nos muestra la importancia de

llamada Lucía.

Descubriendo mi búsqueda

Desde que tengo memoria, me han encantado las historias. Siempre he sido una ávida consumidora de libros, películas y televisión. Cuando era niña, veía una película a diario y, si tenía suerte, mi papá me contaba una historia antes de dormir. Me fascinaban los personajes, especialmente aquellos aventureros y audaces que siempre iban tras lo que querían. También me divertía imitando los atuendos extravagantes de algunos personajes como Oliver de Los Supercampeones o Aladdín con su changuito y rompe el skin.

Fue así como a los 3 años creé un personaje para mí: Job García “Job Bestia Companys”, un conjunto de futbolista cuyo favorito era el del portero Jorge Campos. Job corría y grababa cápsulas de televisión en una pequeña cámara que teníamos en casa. En algunas historias trabajaba en un circo y en otras era más formal, llevando saco y bigote de papel mientras mi padre me entrevistaba siendo también camarógrafo.

Esta etapa tan libre, creativa y divertida terminó pronto cuando alguien hizo notar que Job no tenía mucho que ver conmigo porque él hacía cosas consideradas “de niño” mientras yo era una niña. Aunque yo lo hubiera pensado vivido y creado a mi manera, Job no era un personaje para mí.

Este momento podría pasar por una simple anécdota infantil, pero para mí significó mucho más. Fue el primer choque contra un monstruo gigante que despertó en mí la pregunta: ¿cómo sería un personaje para mí?

En mi inocencia infantil, no era capaz de vislumbrar el recorrido que tendría que hacer para encontrar una respuesta a esta búsqueda. Esta pregunta se transformaría en un proyecto de vida y comencé este viaje sola, creyendo que era la única “rara” que no se identificaba con los personajes que aparecían en la televisión y películas. Este choque me acompañó durante toda mi niñez y juventud.

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En busca de representación

Al principio, me costaba identificarme con las princesas. ¿A quién le gusta identificarse con un personaje que pasa toda su vida durmiendo o se casa con la primera persona que encuentra su zapato perdido? Luego estaban las mujeres de acción, rudas e impecables, pero siempre secundarias. ¿De qué sirve ser tan perfecta si tu única recompensa es captar la atención del galán de turno?

Más adelante descubrí otros estereotipos como las “manic pixie dream girl”, lindas, coquetas y simpáticas; siempre como el sueño de algún protagonista masculino. Y bueno, yo adolescente, un poco tímida pero llena de opiniones, siempre me sentía muy tosca en comparación.

Había otras mujeres diferentes a estas categorías: cool, libres de dramas, amantes del deporte y la cerveza. Tenían muchos amigos y parecían no importarles los comentarios machistas aunque hicieran daño a otras mujeres. Aunque disfruto tomar cerveza y nunca digo que no a una Chevy (risas), me resulta agotador tener que soportar esos comentarios solo para tener compañía para ver fútbol.

Estoy segura de que hay muchos más estereotipos, pero creo que ya se pueden hacer una idea de mi situación. No voy a negar que en muchas ocasiones intenté encajar en muchos de esos roles que se me presentaban, incluso a costa de mi propio bienestar. Muchas veces me sentí inadecuada, demasiado cobarde, grande, inteligente o mandona.

Y con vergüenza les confieso que en muchas ocasiones también traté de hacer encajar a otras mujeres en esos mismos roles limitantes, pensando que ellas y yo teníamos muy poco en común. Fue un machismo aprendido que por mucho tiempo me hizo sentir rara y sola.

El poder de la representación

Afortunadamente, no continué por este camino durante mucho tiempo. A los 17 años encontré a mi primer acompañante: Marjane Satrapi. Aunque no la conocí personalmente, su película “Persépolis” cambió mi perspectiva.

“Persépolis”, además de ser narrada desde la mirada de una mujer, trata temas complejos y su protagonista es activa e inteligente. Incluso su rebeldía la lleva al autoexilio. Aunque la película está hablada en francés y situada en Irán, encontré muchas coincidencias entre mi experiencia personal y la protagonista. Por primera vez me vi reflejada en pantalla y me encantó.

Lo mejor es que Marjane no solo retrata a su personaje como una heroína perfecta; le da matices humanos como el no estar orgullosa siempre de su nacionalidad o tener dificultades encajando. La historia de Satrapi resonó conmigo porque estaba harta de escuchar tantas historias que no reflejaban mi experiencia.

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Virginia Woolf, una autora que reflexionó mucho sobre este tema, también tuvo una situación diferente a la mía. En su época, el acceso de las mujeres a la cultura era mucho más complicado y las representaciones en las historias eran limitadas. En su libro “Una habitación propia” de 1929, Virginia hace una denuncia poderosa: una mujer necesita dinero y una habitación propia para escribir una novela.

La falta de independencia económica hizo que las mujeres no trascendieran en la tradición oral y comenzaran a crear sus propias historias. Las obras escritas por mujeres fueron pocas en comparación con las de los hombres. ¿Qué nos hemos perdido al no conocer el otro lado de la historia? ¿Estamos conscientes de ello?

El problema del canon

El canon cultural asume que hay historias más importantes que otras. Por ejemplo, se considera que las historias sobre guerras son mayores que aquellas centradas en lo autobiográfico o cotidiano. Muchas veces, las mujeres crean este tipo de historias desde lo cotidiano y desde las emociones.

No estoy diciendo que esto sea una preferencia innata según el sexo; es un tema relacionado con el género. Las experiencias a las que nos exponemos como mujeres desde pequeñas son mucho más limitadas que las experiencias masculinas. La cultura nos ha relegado al espacio privado mientras los hombres ocupan fácilmente el espacio público.

Las historias centradas en el hogar, lo autobiográfico o lo cotidiano no son menores, simplemente muestran el punto de vista de quien las enuncia. Sin embargo, se nos ha hecho creer que si no publicamos o no tenemos películas es porque no somos lo suficientemente buenas.

Esta creencia se alimenta de una discriminación temática y está cimentada en un canon cultural que privilegia ciertos temas sobre otros. Pero la falta de representación en las películas y la cultura es un problema sistémico, no solo mío. Todas las inconformidades que viví durante mi niñez y adolescencia son compartidas por muchas mujeres.

Es importante sacar a la luz estos problemas y problematizar un tema que se había normalizado: las representaciones femeninas en la cultura no son suficientes.

La solución

La solución a este problema no reside en crear nuevos estereotipos donde podamos encajar, ni tampoco basta con poner a pelear a niñas mientras usan shorts apretados o armaduras inútiles. No basta con tratarnos como seres misteriosos o cambiar el género de los personajes masculinos para cumplir con una cuota.

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Lo que necesitamos es que escritoras y escritores hagan bien su trabajo, creando personajes complejos sin caer en estereotipos limitantes. Necesitamos abrir el espacio a nuevas voces: voces de mujeres que filmen y narren sus propias historias.

También es necesario romper con las brechas de contratación en el cine y la cultura, abandonar la falsa idea de que un producto cultural creado por una mujer solo es para mujeres. ¡No! Un producto creado por cualquier persona puede ser disfrutado por todo el mundo.

Imagino y me emociono pensando en las niñas y cómo cambiaría su autopercepción al comenzar a verse y saberse escuchadas. Dejar de ser objetos de una trama para convertirse en agentes de su propia vida. Somos la otra mitad del mundo, una mitad que también quiere ser vista, narrada y escuchada.

Achicarnos al espacio al que se nos había relegado ya no es opción. Por mi parte, sigo creando y pensando siempre, añadiendo a mis historias y a mi propio personaje permanente: una mujer a la que le gusta ser llamada Lucía.

La búsqueda de representación es algo fundamental para todas las personas. En mi caso, descubrí desde pequeña que los personajes con los que me identificaba eran limitados o inexistentes en las historias que consumía.

Esta falta de representación no solo afecta nuestra percepción de nosotras mismas, sino también cómo nos relacionamos con otras mujeres. Muchas veces tratamos de hacer encajar a otras mujeres en roles limitantes porque creemos que tenemos poco en común.

Sin embargo, el poder de la representación es enorme. Cuando encontré películas como “Persépolis” o autoras como Virginia Woolf, pude verme reflejada y entender que no estaba sola en esta búsqueda.

Es necesario romper con los estereotipos limitantes y abrir el espacio a nuevas voces femeninas en la cultura. Las historias centradas en lo cotidiano o lo autobiográfico son igualmente importantes e impactantes.

Debemos abandonar la idea de un canon cultural masculino superior y reconocer el valor intrínseco de cada historia, sin importar su temática. Solo así podremos lograr una representación más equitativa y justa para todas las personas.

Así que, ¡sigamos creando, narrando nuestras propias historias y escuchando las de otras mujeres! Juntas podemos cambiar la percepción del mundo y construir un futuro donde todas nos sintamos vistas, valoradas y empoderadas.

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