La magia revelada: desmontando mitos de género y feminismo

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Descubriendo la magia de la predicción

Debo admitir que desde pequeña siempre me ha fascinado la magia. Recuerdo que solía ver en la televisión un show de David Copperfield, y había un truco en particular que me encantaba. El ilusionista comenzaba diciendo: “Les invito a que hagan un truco conmigo. Cierren los ojos y concéntrense bien, piensen en un número del 0 al 9”. A continuación, nos pedía multiplicar ese número por 9, obteniendo así un resultado de dos dígitos. Luego nos pedía sumar esos dos dígitos entre sí, obteniendo el número 12 (1 + 2). Después nos decía que asociáramos ese valor con una letra del abecedario. Si el resultado era uno, lo asociábamos con la letra “A”, por ejemplo.

El siguiente paso consistía en pensar en un país que empezara con esa letra, y luego pensábamos en un animal y finalmente en un color relacionado con ese animal. Sin embargo, cuando llegaba el momento de revelar nuestras elecciones, Copperfield decía: “Debe haber un error porque no hay elefantes grises en Dinamarca”. Mi memoria puede fallar a veces pero eso no me sorprendió tanto como lo hacía antes. Ahora entiendo que no estábamos presenciando actos de magia propiamente dicha; lo que Copperfield hacía era predecir nuestras elecciones.

Esa experiencia me llevó a reflexionar sobre el poder de la predicción y su relación estrecha con el sistema sexo-género. En esta charla, titulada “Feminismo y cerebro”, quiero compartir con ustedes lo que he aprendido sobre este tema.

La predicción y el sistema sexo-género

Quizás se estén preguntando qué tiene que ver la predicción en una charla sobre feminismo y cerebro. Pues bien, resulta que el sistema de predicción está íntimamente relacionado con el sistema sexo-género. Permítanme contarles algo que descubrí hace algunos años: tengo próstata. No es algo nuevo ni apareció de repente; siempre ha estado presente en mi cuerpo. Pero me di cuenta de algo curioso: a todas las personas con un cuerpo similar al mío les ha sucedido lo mismo.

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Esto me llevó a reflexionar sobre la expresión “el mundo no es androcéntrico”. El androcentrismo es la forma en que describimos el mundo, incluyendo nuestro propio cuerpo, desde la perspectiva masculina. Pero no hablo de cualquier hombre; me refiero a un tipo específico de hombre: blanco, heterosexual y cisgénero (es decir, aquellos cuya identidad coincide con el sexo asignado al nacer). Y aquí es donde vemos uno de los aspectos clave para entender cómo funciona el mundo androcéntrico: el sistema predictivo que desarrollamos.

Nuestro sistema predictivo nos lleva a asociar ciertos órganos reproductivos con una identidad específica: mujer. La vagina se convierte en sinónimo de mujer, pero no cualquier mujer; nos referimos a una serie de características estereotipadas como la apariencia física y ciertas conductas. Por ejemplo, es poco probable que imaginemos a una mujer escupiendo en la calle o trabajando en un taller mecánico (aunque ahora que lo pienso, tal vez la imaginemos en un póster de taller mecánico). Pero sigamos prediciendo.

Ahora les pido que imaginen a alguien besándose con esa típica mujer estereotipada. Lo más probable es que piensen en un hombre. Y aquí encontramos otro rasgo del sistema predictivo: la heteronormatividad. Suponemos que todas las personas son heterosexuales. Este es uno de los problemas de la predicción, ya que no tenemos en cuenta a aquellas personas que rompen con esta lógica, como los hombres trans con útero o las mujeres con apariencia masculina, así como las personas gay, lesbianas y bisexuales.

En este sistema predictivo, estas identidades se clasifican como minorías y siempre se nos representa como tales. Estamos inmersos en un sistema de valores donde nuestra anatomía y fisiología determinan nuestras prácticas sociales. Todo lo relacionado con el género se basa en suposiciones sobre nuestra identidad sexual: si seremos hombres o mujeres, cómo expresaremos esa identidad a través de nuestra vestimenta, actividades e intereses; e incluso cuál será nuestra orientación sexual.

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La influencia del discurso científico

A lo largo de la historia, el discurso científico ha justificado biológicamente las relaciones opresivas entre hombres y mujeres cisgénero y ha discriminado a las personas trans y a aquellos cuyas prácticas sexuales no se ajustan al modelo heterosexual. Estas ideas se han perpetuado a través de las neurociencias, que continúan legitimando la existencia de dos cerebros diferentes: el masculino y el femenino.

El discurso biomédico insiste en que solo hay dos formas de genitalidad y que estas determinan las características cerebrales de cada individuo. Según esta visión, el cerebro masculino está optimizado para habilidades visoespaciales y ciertas áreas técnicas, mientras que el cerebro femenino está optimizado para habilidades verbales y emocionales. Además, estas diferencias cerebrales se utilizan para explicar comportamientos estereotipados, como la preferencia por muñecas o camiones en niños y niñas.

Sin embargo, existe una línea de investigación liderada por la científica Daphna Joel que cuestiona esta lectura dicotómica del cerebro. Joel argumenta que clasificar los cerebros según criterios binarios (hombre/mujer) es inválido porque existe tanta variabilidad entre los cerebros de hombres como entre los cerebros de mujeres. Es decir, nuestras prácticas sociales trascienden las normas de género y cada uno tiene un cerebro único.

Es importante tener en cuenta nuestra alta plasticidad cerebral como especie; nuestros cerebros tienen la capacidad de adaptarse a través del aprendizaje y la experiencia. Nuestro cableado neuronal se forma a partir de nuestras vivencias y no solo por factores biológicos como genes o hormonas asociadas al sexo asignado al nacer. Esto significa que nuestras prácticas cotidianas también influyen en nuestro desarrollo cerebral.

Esterotipos culturales y subjetividad

¿Qué influencia tienen los estereotipos de género en nuestras vidas? Los estereotipos son el resultado del aprendizaje de un conjunto de hábitos y conductas que nos dicen qué podemos o no podemos hacer. No somos seres naturales, sino culturales. Sin embargo, estos estereotipos aplastan nuestra subjetividad y están arraigados en el patriarcado.

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El patriarcado es un sistema de valores que etiqueta como minorías a aquellas identidades y prácticas que no se ajustan a los estereotipos de género. Nos enseña cómo debemos comportarnos y nos ha convencido de que la razón está separada de la emoción. Pero recordemos: nadie nace trans ni cis, nadie nace gay, lesbiana o bisexual. Nadie nace con una identidad sexual predefinida porque no somos seres sexuales por naturaleza.

Nuestros deseos, nuestras elecciones y nuestra subjetividad son construcciones sociales influenciadas por las normas del género impuestas por el régimen patriarcal. Para romper con este régimen opresivo, debemos cuestionar nuestra propia subjetividad y preguntarnos quiénes queremos ser realmente.

La predicción juega un papel fundamental en el sistema sexo-género que rige nuestras vidas. A través del sistema predictivo, asociamos ciertos órganos reproductivos con una identidad específica: mujer. Sin embargo, esta clasificación limita nuestra singularidad y perpetúa normas opresivas establecidas por el patriarcado.

Es importante comprender que no existen cerebros masculinos ni femeninos. Cada uno de nosotros tiene un cerebro único y nuestras prácticas sociales influyen en su desarrollo. Los estereotipos de género nos aplastan y limitan nuestra subjetividad, pero es hora de cuestionarlos y construir una sociedad más inclusiva y respetuosa con la diversidad.

No somos seres naturales, somos seres culturales. No hay razón ni emoción separadas; cada uno de nosotros tiene el potencial para colorear nuestro cerebro con los colores que deseamos. Rompamos con las normas impuestas por el patriarcado y construyamos un mundo donde podamos ser libres para ser quienes realmente queremos ser.

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