Linchamientos digitales: ¿verdugos o marionetas? Descubre cómo enfrentar los errores y reinventarte.

Descubre cómo Remedios Cervantes superó el miedo a cometer errores y se reinventó. Aprende las lecciones inspiradoras que nos comparte en su charla TEDx.

Esta es la historia de un impulso, de cómo una acción de apenas unos segundos cambió mi vida. Era diciembre del año 2011, supongo que algunos de vosotros habréis visto alguna vez o habréis oído hablar de este momento: el azúcar. Yo, Remedios Cervantes, resuena en mí. “El azúcar se ha acabado”. Todavía no sé cómo pude hacer una cosa así, pero bueno, hoy ya conocéis este momento.

Pero vais a saber qué pasó antes, durante y después de este momentazo. Vais a saber las consecuencias de aquel impulso, lo mucho que tuve que aguantar, lo mucho que sufrí los acosos. Pero sobre todo vais a saber la gran lección de vida que aprendí de esos famosos segundos.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué somos tan implacables con el error ajeno? ¿Esto es divertido simplemente para la gente famosa? Políticos, deportistas, periodistas… ¿O nos gustaría que nuestros errores -los de nuestra familia, amigos o pareja- se vieran amplificados en las redes sociales y en la televisión y fueran motivo de escarnio y cachondeo?

El mundo social media y la televisión te pueden llegar a destruir simplemente por una diversión efímera. Tu trayectoria profesional y personal se puede ver reducida a esto.

La importancia del error

A partir de ese momento mi trayectoria profesional como modelo presentadora actriz productora se vio reducida a aquella torpe que hizo perder cinco mil euros a Mario. Podría haber quedado en una simple anécdota, en un momento televisivo para poder reírte en los zapping, pero no fue así.

Veréis, el gran Fernando Fernán Gómez en la memoria de muchos ha quedado como aquel señor enfadado que dijo aquello de “¡A la mierda!” Y otro grande como Paco Umbral recordado por aquella mítica frase de “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Lo más triste de todo esto es que seguramente muchos nunca acogerán un libro para leerlo de Paco Umbral y otros ni siquiera sabrán nunca de la grandeza intelectual de Fernán Gómez.

A ver, yo no me quiero comparar con ellos, pero es que desde ese momento yo me convertí en la torpe nacional. En esa guapa pero tonta que además había sido Miss España. Lo que para algunos es un plus. Y menos mal que no soy rubia… Puestos a topicazo…

Sé lo poco que sirvieron mis disculpas a Mario. De nada sirvió querer pagarle esos cinco mil euros ni tampoco asumir que se trataba de un concurso, de un juego, y resignarse ante mi metedura de pata. Fijaos cómo llego a ser esto: hasta he tenido el dudoso privilegio de que se acuñe la expresión “hacer un Remedios Cervantes” para todos aquellos que cometen un cambio de idea en el último segundo.

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El impacto mediático

Han pasado siete años y Google me sigue recordando cada día que yo soy aquella torpe con los cinco mil euros. Pero volvamos al principio. El programa se grabó en el mes de diciembre, obviamente la cadena de televisión que sabía lo que había ocurrido en ese programa y con muy buen criterio no podía perder esa oportunidad.

Es cierto que se podía haber grabado esos últimos minutos, suele pasar siempre en la televisión, pero no fue así. El programa se emitió tal cual la noche del 27 de diciembre, justo la noche antes del día de los inocentes. Eso ya daría pie a muchos a pensar que aquello era una broma, aunque otros también podrían pensar que aquello había pasado de verdad.

Al día siguiente fue todavía mucho peor para mí cuando se descubrió que aquello no era una broma. Fui trending topic mundial durante algo más de una semana. Aquello le dio al programa una gran expectación y mucha publicidad. Ya sabéis que todo eso se traduce en ingresos publicitarios principalmente.

En el programa al que después volvió a concursar Mario -que por cierto tengo que decir ganó tres veces más de lo que había perdido conmigo- yo… No sabéis lo que sentí yo. Estaba feliz por él, me sentí aliviada, me sentí reconfortada. Dije: “Bueno, ya está esto ha terminado aquí”. Borrón y cuenta nueva. Voy a pasar página…

Pero no… A ver es cierto que todo esto podría haber sido un montaje pero señores ¡no lo fue! Yo cometí ese error pero lo único cierto es eso: pasó de ser una anécdota televisiva a una burla nacional y durísimos ataques en social media. Menos mal que yo, como malagueña que soy y mediterránea, soy una mujer que tiene un gran sentido del humor y además de recibir muy bien los ataques y las críticas, pero siempre que venga con un humor inteligente y con la sorna que nos caracteriza.

Pero es que todo esto fue a más… Y a más… Y a más… Hasta que se convirtió en acosos, en ataques personales y profesionales, en peticiones de que no se me volviese a dar nunca más un programa de televisión. No querían que volviese a trabajar en televisión. E incluso amenazas muy desagradables y violentas.

El odio en las redes sociales

Y yo me pregunto: ¿qué puede llevar a tanta gente a destilar tanto odio, rencor y violencia verbal? Saber que muchos dijeron en las redes sociales que si pudieran me darían una paliza. Y lo que es peor: llegué a recibir en mi propia casa una carta con una amenaza de muerte.

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La suerte no sobre todo porque la gente ni le iba ni le venía. Además, todo esto podría ser perfectamente un montaje. Yo cuando escuchaba ese tipo de cosas como “no te preocupes por eso” intentaba pensar en una cosa: ¿pasó pero no la recuerdo?

Tengo un compañero al cual algo parecido le pasó también por las redes sociales. Yo le decía: “Bueno, esto… A esto no hay qué hacerle caso”. Estos son cuatro locos qué bueno hay qué olvidarlos digitalmente…

Pero a ver, una de dos: o en España hay mucho loco o las noches de luna llena gente normal como nosotros nos convertimos en centrol y nos lanzamos a las redes sociales a machacar a unos y a otros simplemente por diversión.

Todo esto, a mí particularmente, me hace pensar… ¿Qué culpa tenemos cada uno de nosotros individualmente? ¿Qué culpa tienes tú? ¿Tú el de la pajarita? ¿O aquel que está allí? ¿O tú el de arriba?

Cuando además sabemos que este tipo de cosas perfectamente pueden estar diseñadas por las cadenas de televisión, los partidos políticos, las marcas, las agencias de marketing. Porque participamos. Nos resulta divertido.

¿Quién sabe si no paramos esa rueda? Es posible que siga rodando y rodando y que tal vez algún día un compañero de trabajo que aspire a nuestro puesto o una pareja que no nos quiera bien lance en las redes sociales esos errores y esos impulsos que un día cometimos.

Bueno… Da miedo. No… A lo mejor alguno de vosotros está pensando en esto: “En aquello qué hice” y “Si saliese eso a las redes me podría hacer polvo”. Pero no…

Aprender del error

No todo fue tan oscuro en la historia de mi impulso. Tuvo sorprendentes puntos de giro como en las mejores películas. Y todo dependía de mí, cómo yo me lo tomase, mi reacción.

Por un lado podía haberle plantado cara al mundo entero: denunciar unos ya otros e incluso atacar a la cadena. O ponerme un impermeable, esconderme dentro y esperar a que pasara la tormenta.

Otra cosa podría haber sido tratar de reconducir todo aquello hacia algo positivo. Opté por la tercera opción: entender que un error, un impulso, forma parte de la vida. Es lo que nos hace personas.

Opté por verlo como debía: metabolizarlo con mi carácter emprendedor y positivo. Así es cómo conseguí salir de esa espiral tóxica en la que me habían metido gente que ni conocía ni me conocía de nada.

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Entonces decidí volver al origen y me pregunté por qué estaba yo invitada ese día en ese programa de televisión. Y justo ahí vinieron todas mis fortalezas, todos esos años de lucha, esas noches de insomnio, esos estudios de guión, esas giras de teatro… Esos grandes profesionales que habían confiado en mí durante tanto tiempo.

La lucha encarnecida que tuve por tener mi propia compañía de teatro se hizo cuenta otro impulso pesado. Y colocó adelante todas las etapas de mi vida.

Entonces me dije: “A ver si a mí me han gustado siempre las nuevas tecnologías y las redes sociales ¿por qué no soy yo la que toma el timón del barco y no la que se deja arrastrar?”

Aprender del error

Y decidí aprender, estudiar, conocer el mundo de las redes sociales y la reputación digital. Con 47 años nunca es tarde. Me costó, pero me lo saqué. Hice un curso, al siguiente hice otro, al siguiente un posgrado y por último un máster en marketing digital y big data que acabé el año pasado en la Universidad Europea de Valencia.

Y donde este año he tenido el privilegio de impartir una clase. Durante este proceso conocí a dos personas fantásticas con las que he montado mi empresa de marketing aquí en Valencia. ¡Hasta me he venido a vivir a esta hermosa ciudad que tantas alegrías me sigue dando!

El monstruo de las redes sociales me quiso devorar, pero al final conseguí domesticarlo.

Si os dais cuenta y lo pensáis bien, todos los implicados en esta historia de alguna manera u otra hemos salido ganando. También es verdad que podría haber ocurrido cualquier cosa…

Esta es la historia de mi impulso, pero también podría ser la de cualquiera de vosotros. Todo empezó en las redes sociales, pero lo cierto es que lo está impregnando todo. Ya no se admite el error… Todo tiene que ser blanco o negro: estás conmigo o estás contra mí.

Se está perdiendo está en peligro la riqueza de los matices y todos estamos llenos de matices. Vivimos en un mundo de tormentas efímeras, polémicas sustituidas a las pocas horas por otras.

Pero aún así participamos… Estamos saturados de información, contenido… El marketing político, las fake news… La analítica de nuestra capacidad reacción van a depender muchas cosas principalmente nuestra salud mental.

Por eso, desde esta hermosa ciudad de Valencia, hago un llamamiento para con mucha fuerza agarrarnos al error, al impulso, a reivindicarlo. Al matiz, a la equivocación. Porque eso es lo que nos hace más personas.

Tenemos que rechazar que cada día nos digan lo que tenemos que hacer o qué decir. A quién machacar y a quién alabar. Tenemos que decidir si queremos seguir siendo acosadores y títeres o por el contrario ser los que llevemos el timón de nuestro propio barco.

Muchas gracias.

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