Salva vidas en 5 minutos: Cómo luchar contra la discriminación LGBT

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Descubriendo mi verdadera identidad

Hace 10 años, casi 11, después de debatir internamente con quien yo era, empecé a preguntarme si realmente estaba siendo la persona que deseaba ser. Me cuestioné si me vestía como quería, si amaba a la persona que quería amar. La respuesta fue un rotundo no. Me había dejado llevar por lo que la sociedad me decía: ser heterosexual.

Es bastante común en nuestra sociedad que nos permita reconocernos como blancos o negros, pero no nos da espacio para reconocer nuestra propia diversidad. Según las estadísticas de la ONU, entre el 10% y el 15% de la población mundial pertenece a los sectores LGBTQ+. Si trajéramos esta cifra hoy a este auditorio encontraríamos entre 20 y 30 personas LGBTQ+. Y según esas mismas estadísticas, al menos 23 de esas personas han sufrido discriminación por ser quienes son.

La importancia de las historias

Pero todo esto cambia cuando superamos esa discriminación y agresión o cuando nos convertimos en apoyo para aquellos que están en proceso de reconocimiento. Sin saberlo, nos convertimos en esperanza para esas personas. Y ¿cómo sucede esto? A través de las historias.

A diario recibimos cientos y cientos de información a través de redes sociales, medios de comunicación y radio. Pero al cabo de cinco minutos no recordamos nada. Sin embargo, cuando alguien nos dice “quiero contarte algo que me cambió la vida”, nuestro cerebro se conecta inmediatamente con emociones. Y esas emociones se conectan con eventos, que a su vez crean memorias en nuestro cerebro. Es a partir de ahí que empezamos a construir nuestra realidad y nuestros actos.

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En Colombia, el 61% de niños, niñas y jóvenes utilizan Internet como fuente principal de información para encontrar soluciones a problemas cotidianos. Y aquí es donde aquellos de nosotros que tenemos el privilegio de ser quienes somos jugamos un papel muy importante al transformar vidas con nuestras historias.

Mi camino hacia la aceptación

Permítanme contarles mi historia personal. He trabajado muchos años en el Vaticano, en la Congregación para la Vida del Ambiente. Soy gay y antes de aceptarme tal cual como soy, pasé por un proceso bastante difícil lleno de matoneo e discriminación.

Nací con discapacidad visual y tuve que enfrentar dos procesos relacionados a mi identidad: uno respecto a mí misma y otro respecto a mi orientación sexual. Aunque nunca me gustó jugar con muñecas y siempre preferí los carritos, sentía desde tiempos tempranos que quería ser una niña o me sentía mujer.

Fue entonces cuando descubrí otra manera de amar: también podía amar a una mujer. Empecé a darme la oportunidad de conocerme y vivirlo plenamente. Era un tesoro que tenía para compartir con alguien más porque así como tengo ojos cafés mientras otros tienen azules o como tengo el pelo crespo mientras otros lo tienen liso, también soy lesbiana mientras otros pueden ser gays, transexuales, travestis o bisexuales. Es simplemente otra diferencia más en la gran diversidad humana.

Un mensaje de esperanza

Quiero dirigirme a todas las personas sexualmente diversas y con géneros diversos que puedan estar escuchándome: no están solas. Yo también pasé por todo ese tiempo de incertidumbre, pero no se pierdan los hermosos momentos de la vida por miedo o inseguridad. Hay más gente como nosotros, y descubrirlo puede ser una experiencia liberadora y hermosa.

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Hoy en día, Internet nos da la posibilidad de llegar a todas las personas que nos necesitan y también nos permite conectar con aquellos a quienes queremos llegar. Pero nuestro papel no se limita solo al ámbito digital, sino también a nuestras acciones cotidianas.

Las personas LGBTQ+ tenemos miedo de ir a una entrevista de trabajo y que nos pregunten sobre nuestra pareja del mismo sexo. Tenemos miedo de caminar tomados de la mano con nuestra pareja en la calle porque desconocemos cómo seremos mirados o si recibiremos algún comentario negativo. Tenemos miedo de ser agredidos verbal o físicamente debido a nuestra expresión o identidad de género cuando usamos un baño público.

Hay una frase del poeta británico Samuel Taylor Coleridge que tiene mucho sentido para mí: “El lenguaje es nuestra herramienta para tomar acción y hacer que todas las personas tengan un lugar en este mundo”. ¿Qué pasaría si hoy salimos y le contamos a alguien qué significa ser parte del colectivo LGBTQ+? ¿Qué pasaría si dejamos nuestros prejuicios atrás al conocer a alguien nuevo? ¿Y si les preguntamos si tienen una pareja en lugar de asumir su orientación sexual?

El poder de las historias

Hace unos meses, una niña de 14 años me buscó para decirme que gracias a haberse encontrado representada en historias como estas, pudo aceptarse como mujer bisexual. Y lo más sorprendente es que su familia también la aceptó en un entorno completamente religioso.

Esto nos demuestra que los seres humanos tendemos a alejarnos de lo desconocido. Pero cuando empezamos a vivirlo y sentirlo más cerca, dejamos atrás el rechazo. Por eso quiero decirles hoy: tomen estas historias que les conmueven, que les impactan y no las dejen morir. Denle un lugar a todas las personas LGBTQ+ que necesitan ser escuchadas y comprendidas.

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Nuestro camino hacia la aceptación y la inclusión no es fácil. Pero cada historia compartida, cada experiencia vivida puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien más. No permitamos que el miedo nos detenga o nos haga ocultar nuestra verdadera identidad.

Somos parte de una comunidad diversa y hermosa, llena de amor y valentía. Sigamos contando nuestras historias, utilizando el poder del lenguaje para crear un mundo donde todos tengan un lugar digno.

Juntos podemos construir una sociedad más inclusiva y respetuosa para todas las personas LGBTQ+. No están solas ni solos; somos muchos quienes estamos aquí para apoyarnos mutuamente.

Gracias por leer mi historia y por ser parte de este cambio.

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