Vivir plenamente cada día: la increíble historia de Carina

Prepárate para una experiencia impactante. Descubre cómo Carina regresó de la muerte y el impacto que eso ha tenido en su vida. ¡Un relato milagroso que no te puedes perder!

Hace cinco meses, mientras terminaba de atender en mi consultorio, comencé a sentir un fuerte dolor en el pecho. Detrás de ese dolor, se avecinaba una muerte súbita. Sí, soy médico y sé muy bien lo que significa que el corazón se detenga. Aunque mi corazón era saludable previamente, sufrí una muerte súbita.

Mi nombre es Carina Mainardi, tengo 46 años y estoy casada con cuatro hijos. Además de ser médica, también soy bombero y docente del nivel terciario. Trabajo en un centro médico junto a un equipo interdisciplinario compuesto por tres médicos (uno de ellos es mi esposo), una enfermera llamada Camila y otros colaboradores.

Un episodio inesperado

En aquel momento fatídico, cuando empezó el dolor en el pecho, Camila vino a preguntarme qué me pasaba y rápidamente llamó a uno de los médicos del equipo. Les manifesté que sentía dolor en el pecho y me realizaron un electrocardiograma. Mi esposo y el otro médico también acudieron para brindarme atención e incluso me administraron medicación para aliviar la situación.

A pesar de todo esto, yo continuaba sintiendo ese intenso dolor hasta que repentinamente mi corazón dejó de latir: había sufrido un paro cardiorrespiratorio. En ese momento crucial, mi marido tuvo la posibilidad de quedarse sin hacer nada pero recordó que teníamos cuatro hijos juntos; así que decidió comenzar con las maniobras de reanimación cardiopulmonar, realizando masajes cardíacos en mi pecho para intentar revivirme.

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Para ayudarme a respirar, me colocaron un tubo y comenzaron a administrarme medicamentos a través de una vía intravenosa. Sin embargo, nada parecía funcionar y yo seguía en paro. Fue entonces cuando llamaron al servicio de emergencia y una ambulancia llegó urgentemente para trasladarme al hospital más cercano.

Un viaje lleno de obstáculos

En el trayecto hacia el hospital, los tres médicos que me acompañaban llamaron al Hospital de Bell Ville, que se encuentra a 35 kilómetros de Justianiano Posse (mi localidad). El ingreso al hospital era complicado debido a su ubicación lejana del centro de la ciudad. Implicaba atravesar el centro y demorarse unos 15-20 minutos en llegar.

Mientras tanto, ellos dieron aviso a mis colegas del hospital donde trabajé durante muchos años junto con mi esposo y los otros dos médicos que me acompañaban en ese momento crítico. Les informaron sobre mi estado: aún estaba en paro cardiorrespiratorio. Una médica policial que se encontraba en el hospital decidió avisarle también a la policía para que armaran un cordón sanitario que acelerara el ingreso de la ambulancia escoltada por un coche policial.

Cuando finalmente llegamos al hospital, yo seguía sin signos vitales y un grupo numeroso de médicos me esperaba ansiosamente: terapistas, cardiólogos, personal de guardia, todos estaban allí. Ya llevaba 40 minutos en paro y ellos continuaron con las maniobras de reanimación durante una hora más.

Es importante destacar la importancia de saber realizar la reanimación cardiopulmonar por parte de cualquier persona. Cuanto más tiempo se realice la reanimación antes de llegar al hospital, mayores son las posibilidades de éxito. En mi caso, ya habían pasado casi dos horas desde el inicio del paro cardiorrespiratorio.

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Un giro inesperado

Fue entonces cuando un médico sugirió que era momento de terminar con la reanimación, ya que parecía que no había esperanzas. Había pasado una hora y cuarenta minutos desde el inicio del paro. Sin embargo, alguien más decidió darle cinco minutos más a mi vida. Cinco minutos que para mí representan estar aquí hoy contándoles esta historia.

Mi corazón volvió a latir en esos cinco minutos adicionales y comenzaron a surgir muchas preguntas en mi mente: ¿Cómo quedé después de este episodio? ¿Cómo superaría todas las posibles complicaciones? Durante tres semanas estuve internada sin recordar absolutamente nada debido a una insuficiencia renal que me obligaba a recibir diálisis mientras estaba conectada a un respirador.

No solo eso, también tuve una infección intrahospitalaria respiratoria mucho más complicada que cualquier otra infección común en la comunidad. Para colmo, necesité ocho transfusiones sanguíneas para recuperarme por completo.

Durante ese tiempo en el hospital recibí visitas de muchas personas, quienes me enviaban mensajes de aliento y oraciones. Fue un momento en el que me perdí muchos eventos importantes, como los cumpleaños de mis seres queridos y hasta el Mundial de fútbol que tanto esperaba.

Finalmente, la última semana en el hospital fue crucial para mi recuperación. Empecé a recordar todo lo sucedido y reconocía a las personas que venían a visitarme. Mi organismo mágicamente comenzó a recuperarse: mis riñones volvieron a funcionar y ya no necesitaba asistencia respiratoria ni vías intravenosas. Finalmente, recibí el alta médica.

El poder del amor y la gratitud

Cuando llegué a casa, me encontré con una situación que nunca hubiera esperado: un cálido recibimiento por parte de mi familia, amigos y conocidos. Todos estaban ansiosos por saber cómo estaba realmente después de todo lo ocurrido. Me abrazaban, lloraban e incluso me manifestaban todo lo que habían hecho por mí mientras estuve internada.

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La gente en la calle también se acercaba para preguntarme cómo estaba. Me sentía como Lady Di; tanto amor y afecto hacia mí era abrumador. Incluso emisoras radiales locales empezaron a llamarme para hacerme entrevistas sobre mi experiencia.

Todos tenían una pregunta en común: ¿Vi la luz? Bueno, parece que el problema energético también está complicado allá arriba porque no vi ninguna luz celestial durante mi experiencia cercana a la muerte.

Otra pregunta recurrente era qué iba a cambiar ahora después de haber pasado por todo esto. ¿Qué cosas dejaría de hacer o qué pendientes finalmente cumpliría? Honestamente, esta pregunta empezó a sonarme repetitiva y la reflexioné una y otra vez en mi cabeza.

Repasé mi lista personal de cosas que quería hacer y las que no deseaba hacer más. Pero me di cuenta de que no tenía intención de cambiar nada porque ya vivía la vida como quería: haciendo lo que me gustaba y evitando lo que no disfrutaba. No necesité pasar por un momento límite para darme cuenta de eso.

Mi experiencia cercana a la muerte fue un verdadero despertar para mí. Me hizo reflexionar sobre cómo muchas veces nos dejamos llevar por las expectativas sociales y terminamos haciendo cosas que no deseamos realmente.

Cambiar nuestra vida solo cuando enfrentamos momentos límites es algo triste e innecesario. Todos podemos replantearnos nuestras listas personales, saber qué es lo que realmente queremos hacer y tener el valor de perseguirlo sin esperar a estar al borde del abismo.

No esperemos a morir para comenzar a vivir plenamente. Aprovechemos cada día, cada instante, para ser fieles a nosotros mismos y seguir nuestros sueños con pasión y determinación.

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